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Introducción

Vivimos en un planeta llamado Tierra que desde el espacio aparece de color azul pues su superficie está mayoritariamente cubierta de agua. En él la vida, según la concebimos, depende de unos seres que nos proporcionan el oxígeno que respiramos y de la materia orgánica que de forma directa o indirecta consumimos. Estos seres son las plantas verdes, y la luz solar es la energía que les permite formar materia orgánica con la que desarrollarse a partir de agua líquida y sustancias minerales.

De entre las plantas verdes los árboles son su máxima expresión y basan su dominio de los ecosistemas terrestres en su capacidad para acaparar mucha energía, en forma de luz solar, y para ello necesitan ser los más altos y tener grandes copas repletas de hojas verdes.

La madera es la materia que posibilita su altura y el desarrollo de sus copas. Y la madera tiene una particularidad, tiene “memoria”, almacena información sobre cómo ha crecido el árbol y cómo han sido las condiciones ambientales del territorio en el que se encuentra. Estas condiciones ambientales serán tanto climáticas (insolación, humedad, temperatura o viento) como eventos o perturbaciones intensas a veces relacionadas de forma indirecta con extremos climáticos (fuego, aludes, riadas, plagas, etc.), así como las relaciones con otros seres vivos (competencia con otras plantas, parásitos y depredadores, los herbívoros, simbiosis con hongos a través de las micorrizas). Para acceder a esta información tenemos que observar y caracterizar sus anillos anuales de crecimiento, el aspecto del árbol y el ambiente en el que vive.

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